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 La comparación del humano moderno con los chimpancés u otros primates, es en la actualidad aun un tema de estudio y discusión.

¿Son los aspectos en común o los diferentes los que más ha aportado en la evolución de la especie sapiens?  

Los humanos somos miembros de la familia “hominoidea”, lo que quiere decir que somos simios. Aunque según los genomas de humanos (Birney et al. 2007), chimpancés (Anon 2005) y gorilas (Scally et al. 2012) han confirmado que sólo los humanos y chimpancés forman un linaje común, teniendo a los gorilas como grupo hermano.

Aun así como se venía discutiendo durante el siglo XX se han identificado diferencias en la expresión genética en el cerebro entre chimpancés y humanos (Marquès-Bonet et al. 2004).

Además si nos adentramos en las diferencias o similitudes entre el chimpancé y el hombre, debemos hacer referencia a los primeros estudios de hibridación del ADN donde se pone de manifiesto que compartimos alrededor del 98-99% de los nucleótidos del genoma (Sibley & Ahlquist 1984). Además la secuenciación directa de los cromosomas 21 humano (Hattori 2000) y su ortólogo 22 en el chimpancé (Watanabe et al. 2004) confirmaron dicha proximidad genética. Aunque las proteínas a las que dan lugar los genes de ese cromosoma secuenciado en chimpancés y humanos llegan a diferenciarse en un 80%. Por lo que como consecuencia, hay grandes diferencias fenotípicas tanto en la anatomía como en la conducta.

Pero, ¿Cual es la mayor diferencia y el mayor rasgo distintivo del ser humano?. 

Seguro que la mayoría que nos hemos hecho esta pregunta alguna vez llegamos a la misma conclusión: El cerebro.

“El gran cerebro es una característica distintiva muy notoria en nuestra especie” (Semendeferi & Damasio 2000)

Darwin en su libro acerca del origen de los humanos en 1871 se pregunta entre otras cuestiones, ¿cómo pudo surgir la cultura? Algo relevante en su hipótesis y que lo relaciona con la posición bípeda, pues considera que la manipulación de herramientas se aprovecha de dicha postura, liberando así las manos de soportar el peso del cuerpo para otras funciones diferentes a la de la locomoción.

Además entendemos que el uso de herramientas exige un mayor nivel cognitivo, con un cerebro más complejo y de mayor tamaño entre el resto de hominoideos como hacía referencia en el 2000 Semendeferi & Damasio.

La consecuencia directa del uso de herramientas se daría en la progresiva desaparición de los caninos y la reducción de los músculos masticatorios, dejando al cráneo crecer mejor sin tanta fuerza muscular, aumentando por lo tanto el tamaño del cerebro y sus facultades mentales.

Todo ello serviría para el desarrollo del lenguaje, capacidades comunicativas y por lo tanto para mejorar la cultura. Figura 1.

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Figura 1. Proceso de aparición de los rasgos humanos. Darwin (1871)

El modelo de bola de nieve a partir de la bipedestación que plantea Darwin establece que la función crea al órgano, y está marcado por la teoría que escribe Lamarck 50 años antes en su libro llamado Filosofía zoológica.

 


¿Y si en medio de este modelo alguien dice que no hace falta ser bípedo ni para utilizar herramientas ni para construir?. 

Durante el estudio del ser humano y su comparación con otros primates para conocer cuándo y dónde se ha producido la diferenciación de las estirpes evolutivas. Existe literatura que postula que es la postura erguida y no la bipedestación es el prerrequisito necesario si se pretende relacionar postura y uso de elementos culturales (Curnoe & Tobias 2006).

 

 Este último “punto y aparte” es el primero para seguir estudiando al ser humano y seguir rodando la bola de nieve.

Anon, 2005. Initial sequence of the chimpanzee genome and comparison with the human

genome. Nature, 437(7055), pp.69–87.

Birney, E. et al., 2007. Identification and analysis of functional elements in 1% of the

human genome by the ENCODE pilot project. Nature, 447(7146), pp.799–816. Curnoe, D. & Tobias, P. V, 2006. Description, new reconstruction, comparative anatomy,

and classification of the Sterkfontein Stw 53 cranium, with discussions about the taxonomy of other southern African early Homo remains. Journal of human evolution, 50(1), pp.36–77.

Hattori, M., 2000. [Human genome sequencing]. Tanpakushitsu kakusan koso. Protein, nucleic acid, enzyme, 45(12), pp.1978–85.

Marquès-Bonet, T. et al., 2004. Chromosomal rearrangements and the genomic distribution of gene-expression divergence in humans and chimpanzees. Trends in genetics : TIG, 20(11), pp.524–9.

Scally, A. et al., 2012. Insights into hominid evolution from the gorilla genome sequence. Nature, 483(7388), pp.169–75.

Semendeferi, K. & Damasio, H., 2000. The brain and its main anatomical subdivisions in living hominoids using magnetic resonance imaging. Journal of human evolution, 38(2), pp.317–32.

Sibley, C.G. & Ahlquist, J.E., 1984. The phylogeny of the hominoid primates, as indicated by DNA-DNA hybridization. Journal of molecular evolution, 20(1), pp.2–15.

Watanabe, H. et al., 2004. DNA sequence and comparative analysis of chimpanzee chromosome 22. Nature, 429(6990), pp.382–8.

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