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El cerebro (del latín “cerebrum”), ese gran desconocido que se alimenta de la información que le llega del mundo exterior, cada vez nos permite conocer más sobre él. Actualmente, sabemos que en el cerebro es donde se produce el dolor que sentimos los seres humanos. Es decir, el dolor no entra en el cerebro, sale de él.

McCaffery en 1968, definió el dolor como todo lo que siente una persona cuando dice que tiene dolor.

Actualmente, un 20% de la población mundial padece dolor durante un periodo de tiempo mayor a 3 meses. Es lo que conocemos como dolor crónico, precisamente por su duración y no porque sea un dolor para siempre. Teniendo en cuenta, que la mayoría de los tejidos del cuerpo humano, en ausencia de un problema grave, están curados en un periodo de 3 a 6 meses, podemos decir que este dolor no se produce por cambios en el cuerpo, sino por una sensibilidad del sistema nervioso.

Desde la fisioterapia y las profesiones sanitarias, para la salud, reentrenar al cerebro y sistema nervioso adquiere entonces una importancia clave para llevar a cabo un abordaje óptimo. Observando todo lo que contribuye a esta experiencia, desde un enfoque biopsicosocial de la persona y realizando un trabajo multidisciplinar con el objetivo principal de estimular la autoeficacia del paciente con dolor crónico.

En personas con dolor crónico, ha cambiado la estructura del nervio y del sistema nervioso, hay un aumento de la expresión de canales iónicos, tenemos más receptores de información y es más fácil que la información se transmita. En pocas palabras, el cerebro hace una interpretación diferente del estímulo recibido generando un aumento del dolor.

Es normal que se produzca un cambio físico y fisiológico dentro del cuerpo y sistema nervioso, lo importante es saber cuando ese cambio se prolonga en el tiempo, y deja de ser una adaptación para ser una disfunción (que no degeneración, ya que el proceso es reversible con una buena rehabilitación). Para ello, es importante conocer a la persona desde un punto de vista clínico y su evolución. Del mismo modo que cuando vamos al cine, necesitamos ver la película desde el principio, y si entramos cuando ya ha comenzado, no comprendemos la historia.

Desde la fisioterapia, la ciencia nos muestra que debemos abrir nuestra visión, y no adherirnos únicamente al tejido.

 

“Somos fisioterapeutas también del cerebro, no solo del cuerpo.

No sólo trabajamos a nivel del tejido, también a nivel del sistema nervioso central.” Jo Nijs

 

Es conocido el importante papel que juega el ejercicio en la salud de la persona, sumando positivamente, siempre con una prescripción adaptada y medida para cada caso. En el tratamiento, poco nos cuesta encontrar estudios que muestran el aporte que tiene el ejercicio integrado en el tratamiento de fisioterapia, también en dolor crónico.

Pero, teniendo en cuenta la importancia del sistema nervioso central, hay algo más que podemos hacer para interaccionar con este sistema y modular el dolor, activando la analgesia endógena. Algo que en la mayoría de los casos, nos obliga a bajar de la camilla, generando una situación en la que paciente y fisioterapeuta están al mismo nivel: la educación para el dolor, el mayor enemigo para la incertidumbre.

Las personas, desde que nacemos, estamos en continuo proceso de aprendizaje, esto es así durante toda nuestra vida. Ese aprendizaje nos ayuda a crecer, del mismo modo que nos ayuda a sentirnos mejor en procesos de dolor. Sabemos que cuanto mayor sea la discrepancia entre lo que la persona piensa que va a ocurrir y lo que realmente ocurre, mejor es el aprendizaje.

Comprender lo que ocurre, cómo funcionamos, atendiendo a la función de la persona, ganando función y no generando conductas de evitación por expectativas de dolor, se convierte en un escalón sólido de esta escalera de salud.

En este escalón, cobra importancia la cultura, las creencias y expectativas de la persona. A partir de estas expectativas e ideas previas, elaboramos nuevas conjeturas, de la misma manera que aquellos soldados que estaban en la guerra, eran heridos, y a pesar de ello no sentían dolor. Ese daño significaba para ellos un billete de vuelta a casa, una recompensa, en definitiva, una motivación.

 


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